¿Se acuerda de aquella temporada en que el CBD estaba en todos lados? Aceites, gomitas, cremas, gotas para el perro. Se vendía como la parte “noble” de la marihuana — la que no lo drogaba, pero sí lo curaba. Ansiedad, dolor, insomnio, hasta convulsiones: parecía que no había padecimiento que el CBD no resolviera. Sin THC, sin culpa, sin estigma.
Y entonces, silencio. La ola bajó tan rápido como subió. ¿Por qué? Porque cuando finalmente se le sometió a estudios serios, el CBD resultó ser, para la inmensa mayoría de lo que prometía, poco más que un placebo con buen empaque. No es que alguien lo haya prohibido. Es que se dieron cuenta de que no servía — y el mercado, sin necesidad de comunicado oficial, simplemente lo dejó ir.
Lo interesante no es el fracaso del CBD. Es lo que revela sobre el patrón. Primero se vende la promesa, después llega la evidencia, y para cuando la evidencia dice que no, ya van corriendo hacia la siguiente sustancia milagrosa. El CBD fue solo el ensayo.
La lección que nadie aprendió es la que de verdad importa: si algo suena a cura para todo, probablemente no cura nada.