Guías de interés · Nº 03
De la serie en redes sociales
“El engaño de normalizar las adicciones”
Navegando el engaño
guía clínica
del área de las adicciones
El origen del engaño, el canto de los adictos, el error en el lenguaje, los que se dicen rehabilitados sin estarlo, las clínicas sin médicos y los falsos tratamientos — una guía para entender cómo la enfermedad se disfraza de certeza y por qué el cambio empieza en la familia.
Médico psiquiatra
Francisco A.
Cantú Guzmán
I · El engaño se vuelve regla
Alrededor del 10% de la población tiene este tipo de afectación cerebral. Eso son millones de personas repitiendo el mismo argumento, generando una narrativa poderosa. Cuando el mismo mensaje se repite lo suficiente, la sociedad entera empieza a creerlo.
El engaño se vuelve regla, y el conocimiento médico queda relegado a favor de lo que dice la mayoría. Pero la enfermedad no habla con la realidad — habla desde la distorsión. Y creerle al adicto sin entender su enfermedad es seguir alimentando el engaño.
La enfermedad no habla con la realidad — habla desde la distorsión.
II · El canto de los adictos
Una melodía que seduce, pero arrastra al naufragio
Detrás de lo que usted cree saber sobre las adicciones está todo lo que dicen y hacen los adictos. Son ellos quienes explican lo que son las adicciones, justifican sus propias acciones, manejan la mayoría de los tratamientos y controlan la información que llega a la familia. Son los mismos enfermos — personas alteradas en sus facultades de pensar, sentir y actuar — quienes controlan la narrativa.
A eso le llamo el canto de los adictos. Como el canto de las sirenas: una melodía que seduce, pero arrastra al naufragio. No son teorías — los hechos están a la vista.
Si todos siguiéramos una simple regla — no estás bien, necesitas al médico especialista — el panorama cambiaría por completo.
III · El primer engaño está en el lenguaje
Alcoholismo y drogadicción: etiquetas con juicio
Nos hemos pasado la vida hablando de alcoholismo y drogadicción como si repetir las palabras fuera suficiente para entender lo que nombran. Décadas usando los mismos términos, con la ilusión de que decirlos muchas veces los vuelve claros — y sin embargo seguimos confundiendo una enfermedad con una conducta.
Alcoholismo y drogadicción sí fueron, en su momento, términos médicos. Con el tiempo se moralizaron: dejaron de ser herramientas clínicas y se convirtieron en etiquetas cargadas de juicio. Nombramos lo que vemos — alguien bebiendo, alguien consumiendo — y creemos que eso es la enfermedad.
Es como si al Parkinson lo llamáramos “la temblorina” y diéramos el caso por entendido. El error nació en las palabras, y cuando el lenguaje se equivoca, todo el entendimiento se distorsiona detrás.
El consumo no es el pecado. Es el síntoma visible de un padecimiento físico que ya estaba ahí.
IV · Los que se dicen rehabilitados y no lo están
El síndrome de la borrachera seca
La gran mayoría de los adictos que se dicen rehabilitados siguen muy enfermos. Resulta penoso verlos en los grupos de autoayuda repitiendo que están “trabajando su padecimiento” cuando en realidad solo dejaron de consumir, hacen a un lado la gran mayoría de los síntomas y ni siquiera entienden su propio padecimiento.
Eso no es rehabilitación — eso se llama síndrome de la borrachera seca: el cuerpo sin sustancia, pero el pensamiento igual de enfermo.
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Predican humildad — pero lo hacen gritando. Vociferan sobre rendición, mientras ejercen control.
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Hablan de fe — mientras su soberbia sigue intacta. Se creen con autoridad para opinar sobre la enfermedad.
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No soportan la crítica — si alguien se atreve a decirles que están mal, se vuelcan en furia. La enfermedad disfrazada de certeza.
Lo que encuentran no parece un programa de rehabilitación, sino un culto — donde la fe en creencias falsas reemplazó al tratamiento.
V · Adictos jugando a terapeutas
Si es una enfermedad, debe tratarla un médico
Imagínese que un paciente que acaba de sobrevivir a un infarto abre una oficina para tratar a otros infartados, o que un diabético recién estabilizado decide abrir su propia clínica para atender a otros diabéticos. Suena absurdo, ¿verdad? Pero eso ocurre todos los días en el campo de las adicciones.
Se ha repetido hasta el cansancio que la adicción es una enfermedad física, y aun así la sociedad no sigue el lineamiento más básico en materia de salud: si es una enfermedad, debe tratarla un médico. No hay otra profesión con la formación necesaria para diagnosticar y tratar enfermedades.
En Alcohólicos Anónimos no hay terapeutas ni consejeros. Hay padrinos, y su función no es dar tratamiento médico sino guiar dentro de un programa de autoayuda. Pero en la práctica, muchas personas que dejaron de consumir, sin siquiera haber leído el libro azul, empiezan a dar consultas o a presentarse como terapeutas.
Entregar la recuperación de un cerebro enfermo a quien no entiende la enfermedad — ese es el gran engaño.
VI · Clínicas sin médicos
¿Confiaría la salud de un familiar a un enfermo sin tratamiento?
Pues eso es exactamente lo que pasa cuando lo internan en muchas de estas “clínicas de adicciones”. La realidad es brutal: quien dirige esos lugares suele ser un adicto sin diagnóstico, sin tratamiento, sin formación médica y sin la más mínima ética. ¿Y qué ofrecen? Atender a otros con los mismos síntomas que ellos cargan encima.
Los rasgos que se repiten
Prepotencia
Creen que solo ellos tienen la razón.
Egocentrismo
Se sienten el ombligo del universo.
Manipulación
Mienten y mueven emociones a su favor.
Rasgos antisociales
Carismáticos, sí, pero sin culpa ni vergüenza.
El resultado son dos extremos absurdos: clínicas tipo spa — resorts con alberca y cero tratamiento — y clínicas tipo cárcel — amarres, golpes y humillaciones. El desenlace es el mismo: ningún resultado clínico. Aceptan a cualquiera sin importar la enfermedad — total, ni siquiera hacen diagnósticos.
VII · Los que lucran con su testimonio
El testimonio sin acompañamiento médico
En muchas enfermedades se invita a quienes las padecen a contar su experiencia, con el propósito legítimo de recaudar fondos para investigación, estudios clínicos o tratamientos costosos — siempre acompañados de profesionales. Con los adictos ocurre algo parecido, pero con una gran diferencia: en demasiados casos lo hacen solos, sin acompañamiento médico.
Y la razón es que lo hacen para llenarse el bolsillo o para inflar sus logros y manipular con fines propios. Siguen siendo personas sin tratamiento médico — aunque digan que ya no consumen, siguen igual de enfermos de sus funciones cognitivas.
Se presentan como si tuvieran la verdad absoluta, con un estilo único que según ellos es la llave mágica. No tienen información médica, no comprenden la enfermedad, pero con sus rasgos sociopáticos saben cómo engañar a la gente. Se esconden en el programa de los 12 pasos mientras rompen dos de sus principios básicos: el anonimato y el de no lucrar con el programa.
La arrogancia y la prepotencia son síntomas, y así creen que le están haciendo un favor a la sociedad, cuando en realidad siguen hablando desde la enfermedad.
VIII · Falsos tratamientos: los alucinógenos
El viaje al país de las maravillas es una alucinación
Ayahuasca, peyote, hongos y otras sustancias con propiedades alucinógenas han sido parte de nuestra historia, y de forma cíclica vuelven a aparecer manejadas como “tratamiento”. A pesar de todo este tiempo, no existe ningún estudio que confirme que sirvan realmente para manejar algún padecimiento.
Es sorprendente la cantidad de personas que se acercan a platicar sus “maravillosas experiencias” con estas sustancias, a lo que siempre respondo: “¿sí sabes que utilizaste alucinógenos?” — y me contestan molestos que claro que lo saben. Entonces les pregunto qué parte no entienden de que alucinaron.
Lo que nadie les dice es el riesgo real: que se produzca un cuadro psicótico, o que se dispare la enfermedad de la esquizofrenia en quienes traen el componente genético — que usualmente no lo saben hasta que ya es tarde.
No se dejen engañar por el canto de las sirenas. O mejor dicho, por el canto de los adictos.
IX · La fuerza formidable
El cambio real empieza en la familia
Nos enseñaron que el adicto es débil. Es mentira. Es fortísimo — tan fuerte que, sin darse cuenta, mueve familias, economías legales e ilegales, y alcanza incluso a los gobiernos.
Una sola persona enferma puede alterar la rutina emocional de toda una familia — poner a padres, parejas e hijos a discutir, dividir, ocultar, proteger, justificar, sin que nadie entienda que están obedeciendo a una enfermedad, no a una persona.
A escala social
Porque al ser una enfermedad, todos dicen lo mismo sin importar país, idioma o cultura — la enfermedad habla con una sola voz, y esa voz tiene una fuerza brutal. Mueve dinero, territorios, leyes, campañas políticas, ejércitos, decisiones de Estado.
El cambio real — el único que puede quebrar esa fuerza — empieza en la familia. Porque ahí fue donde la enfermedad encontró primero su poder.